En el jeroglífico había un ave, pero no se
podía saber si volaba o estaba clavada
por un eje de luz en el cielo vacío. Durante
centenares de años leí inútilmente la
escritura. Hacia el fin de mis días, cuando
ya nadie podía creer que nada hubiese
sido descifrado, comprendí que el ave a su
vez me leía sin saber si en el roto
jeroglífico la figura volaba o estaba clavada
por un eje de luz en el cielo vacío.
< volver menú libros 3/16. Calas. © fotos: Jeanne Chevalier. © textos: José Angel Valente